Había llegado hasta allí tratando de no ser visto, aunque era poco probable que ya me anduvieran buscando. Todavía estarían en la oficina, la ambulancia y los médicos de emergencia tratando de reanimarlos. Seguramente la policía aún no se habría presentado. Me dolía la cabeza horrores porque me estaba pasando la borrachera. Batí la hoja de acero que aquella noche parecía más pesada que de costumbre, entré y cerré tras de mí con precipitación. Me encontré de pronto en el descansillo antes de subir las empinadas y estrechas escaleras del edificio. Tardé un poco en darme cuenta de que la luz del automático estaba encendida. Pensé que quizá alguien estuviera esperándome en casa y acababa de subir, o que hubiera salido hacía poco. Empecé a sentir miedo y me sobrevinieron nauseas. De pronto se apagó la luz y la oscuridad me produjo el efecto de un mazazo. Busqué con desesperación la llave para encender de nuevo y cuando lo logré el tic tac del contador me trajo un momento de sosiego. Me sentía empapado y no sabía si era por la sangre de mis víctimas o por el alcohol que me había derramado en la barra de los bares. Empecé a subir trastabillándome en algunos pasos sin dejar de temer que alguien me esperara en casa. A mitad del ascenso me volvieron las ganas de vomitar y esta vez no pude frenar el embate de mi estómago. Seguí subiendo rayando con la punta de las llaves el borde del azulejo de la pared. En el descansillo de casa vi luz bajo la rendija de la puerta. Me asusté y me entró una taquicardia incontrolable. Cerraba los ojos y veía a los empleados de la inmobiliaria que me habían robado el dinero de rodillas suplicando clemencia delante de sus mesas de oficina. Pero yo fui inflexible. Le metí un tiro certero a cada uno en el pecho. Me complacía aquella imagen. Pasé de largo y seguí subiendo. Llegué al último piso, abrí la escotilla que llevaba a la azotea. En el exterior escuchaba los pájaros en la copa de los árboles y las sirenas de la policía por la avenida. Me acerqué a la cornisa. Me dejé caer. En el trayecto una rama de pino me seccionó una arteria. Creo que ya estaba muerto cuando llegué al suelo. Sólo escuché un crujido.
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